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Edición, mayo 2009.

 Porque en el frenético "apretón de manos" que desata el "darse la paz" que no dura más que un minuto. Es este encuentro del rico con el pobre, que al encontrarse allí entremezclado con los actuales crucificados por la protervia distribución de bienes. Al menos, no tratemos de imitar abiertamente el beso de Iscariote,  pero, que la experiencia nos ha demostrado tiene tanta duración como el /Vals del Minuto/ de Chopin.

Desde la pasión y muerte de Jesús hasta el Tupáis Ñuvaiti, del Domingo de Pascuas

Compartiendo la “Semana Santa”


n el mapa étnico cultural de nuestra América Latina, y de acuerdo a las extensiones que ocupaban las etnias originarias, teniendo como centro este territorio, lo que hoy llamamos Paraguay. A la llegada de los conquistadores, el tiempo de Semana Santa era un momento de bendición y de dar gracias a la madre naturaleza y a la madre Tierra.

El espacio cósmico se inundaba de oraciones y bendiciones por los frutos y semillas recibidas y de gracias por su multiplicación y abundancia con el fin de que el bienestar llegue a la colectividad, a toda la Tierra.

Las diosas y los dioses eran distintos, pero la gratitud del canto del alma era uno solo. Era la llegada del Cristianismo a nuestra América Latina, cargando una Cruz.

Y llegó a América la Cruz, el Cristianismo y... se cambiaron los dioses, las diosas y los protectores de la naturaleza, los astros del cielo Guarani tenían otros nombres, se cambiaron por los nombres de ángeles y santos, y que ¡¡dibujándolos, se pueden ver!!; hasta ese instante fueron visibles, se alteraron los símbolos y signos originarios; se los minimizaron y, bajo un nombre elegante y poco comprendido por los nativos, se creó “el sincretismo cultural, religioso y social”.

Al unísono, celebramos los signos y símbolos cristianos, a lo largo y ancho de nuestra América, pero en cada rincón del continente florece la fe, se manifiesta, se materializa, se muestra, se mueve, sigue viva con esos símbolos, signos y ritos que el tiempo no logró borrar, representados en el pan y en el vino para los creyentes católicos y en las comidas tradicionales para todos los hijos de la América.


Es nuestra América, diversa, pero unificada al mismo tiempo, aunque con los mismos dolores de siempre, vasallaje y explotación. El tiempo que no es analógico, es el tiempo sin tiempo que aún vive, y nos marca un tempo en el presente, pero nutrido del tiempo pasado y se proyecta a un tiempo futuro.

Un tiempo para la reflexión, el perdón, es el reencuentro con nosotros mismos, para pedir perdón y perdonar a los demás; es asumir nuestras debilidades, para tolerar y levantar al hermano débil; es el momento de alzarnos con fe y fuerza de nuestras caídas.

Tomemos de las manos a las diosas, los dioses y al Cristo vivo y celebremos la fiesta de la Pascua de la Resurrección, de la unidad de esta diversidad americana.

Los símbolos se están debilitando, porque la significación en nosotros se debilitó por influencia de nuestras necesidades materiales, la dependencia tecnológica, los cambios en los padrones productivos, familiares y comerciales.

La crisis mundial, aprovechada por el poseedor, déspota, fueron debilitando al hombre, cabeza de hogar. Aparecieron nuevos ídolos, nuevas identidades y nuevas filosofías.

Si bien la evolución natural no nos permite quedarnos en el tiempo, por el fruto renovador, que es natural del cerebro humano, es responsabilidad nuestra la evolución y es una alabanza al Creador desarrollar nuestra inteligencia contribuyendo a la aplicabilidad de la creación, con la finalidad de que el bienestar espiritual y material favorezcan a todos los seres, aspecto en el que debemos trabajar para eliminar de nuestros comportamientos las estructuras mentales que fueron creadas a través de los tiempos, como el yoísmo, el racismo, la discriminación y la xenofobia.

Celebraciones y manifestaciones enmarcadas dentro de la religiosidad popular, en este caso, nuestra Semana Santa, son espacios sociales en donde todos participamos como individuos, pero al mismo tiempo como un colectivo humano que siente, piensa, se manifiesta y se unifica ante la fe, la devoción y el rito.

En el templo, en la plazoleta del Santuario Virgen del Rosario de Luque, en la procesión, encontramos rostros, aspectos, vestimenta y estatus diferentes, pero todos nos juntamos para rezar la misma oración,
entonamos los mismos cánticos, nos emocionamos, nos fraternizamos, nos reencontramos, con el amigo, el compañero, el vecino, el profesor, el alumno, con la autoridad y con el pueblo.

Es el momento de que, por medio de nuestra participación, hagamos que la comunidad se muestre viva, viva, porque su gente unifica sus pensamientos y fortalece sus sentimientos.

Un prójimo, una comunidad, un pueblo, que no exteriorice su fe, emociones, confianza, trabajo, que no participe con “el otro” en un acto de intervención colectiva para nutrirse unos de otros, es un individuo, un barrio, un pueblo, es una comunidad de cadáveres. Es una familia que se desintegra.

Hagamos hoy un pequeño esfuerzo, entreguemos un tiempo para mantener viva a nuestra familia, a nuestra comunidad a nuestro pueblo, porque todos en conjunto estamos escribiendo la historia del Luque del mañana.

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