Edición Abril/2008

Requerimos nuestra propia vía de desarrollo, que rompa los estrechos márgenes que vienen desde el exterior de la Alianza. La Alianza Patriótica, como Ulises, para no escuchar los cantos de sirenas, debe atreverse a ser grande, magnánima, de genio, poseer una política de alta mar, de poderosa envergadura y larga travesía. Nuestro Ulises debe atreverse a enfilar a Itaca.

Doblando la curva del callejón

Fin de la transición, la patria que debe venir


oblando la curva del callejón, el debate sigue abierto. Con esta elección ha quedado cerrada la transición paraguaya a la democracia, han sido representados todos los sectores de poder, la Iglesia con Fernando Lugo; las Fuerzas Armadas y Policía Nacional (sus familias) con Lino Oviedo; la burocracia estatal, junto a lo que arrastra el país de la dictadura con Blanca Ovelar.

Vemos que la Alianza Patriótica es víctima de su propio éxito. Después de lograr afianzar la resiente elección y cuando el desánimo se mezclaba con el escándalo, en el último panel realizado por la TV Telefuturo y un conocido periodista con los candidatos que pugnaban por la Presidencia de la República.

Hoy nos damos cuenta que todavía quedan desafíos pendientes, uno de esos desafíos es la grandeza y la ética. Pero, pasemos a una nueva etapa que implica cambiar las formas de hacer política, con actores repotenciados y un más amplio abanico de posibilidades.

Para construir un país más justo y un régimen político más participativo exige reemplazar el método y el enfoque, porque la necesaria refundación de la propia Patria no es una reunión de los mismos de siempre que deciden renovar el pacto de accionistas y cambiar de razón social.

La búsqueda de la verdad y la justicia no es un acto de odiosidad, sino de convicción ética y política como fundamento de la sociedad democrática.

Para esto tenemos innumerables ejemplos contemporáneos que nos dan los juicios sobre los nazis en varias democracias occidentales, o como la reciente Ley sobre la memoria promulgada en España que después de más de treinta años de transición y democracia se sigue preguntando por sobre su pasado y se atreve a reparar histórica y moralmente a la república española interrumpida por militares golpistas y una derecha integrista.

Si bien la convicción democrática es una exigencia real para todos los actores del sistema político, es perentoria para el caso de los militares, justamente por el carácter de su función pública. No basta la formalidad de la subordinación al poder político democrático, sino su absoluta intachabilidad que debe estar permanentemente abierta al escrutinio público.

Tenemos varios ejemplos, en plena transición, que nos dejan dudas sobre la honorabilidad, integridad y convicción democrática de muchos políticos.

El debate sigue abierto. Repetimos, "con esta elección la transición ha quedado cerrada". Pero debemos estar atentos a dos fenómenos negativos: por una parte el impacto que puede tener sobre las actuales autoridades el haber sido desplazados del poder; y por otra parte que los acontecimientos y discursos realizados signifiquen un reposicionamiento de los sectores más retrógrados al interior del partido de Gobierno que pueden estar pensando en cantar victoria por esta "cuña" entre el oficialismo y los otros poderes del Estado que se perfilan como la personificación del cambio y la modernización.
 

"...rumbo a Itaca Ulises esquivó las sirenas"

Cantos de sirenas que no deben confundir a nuestro Ulises. Sabido es que Circe propone un remedio para no dejarse encantar con los cantos de sirenas.

"Tú cruza sin pararte y obtura con masa de cera melosa el oído a los tuyos: no escuche ninguno aquel canto; sólo tú lo podrás escuchar si así quieres, mas antes han de atarte de manos y pies en la nave ligera. Que te fijen erguido con cuerdas al palo: en tal guisa gozarás cuando dejen oír su canción las Sirenas. I si imploras por caso a los tuyos o mandas te suelten, te atarán cada vez con más lazos".


Konstandinos Kavafis

La participación de la izquierda

¿De qué hablamos cuando nos referimos a la izquierda? De tantas nominaciones, publicaciones y referencias parece que todos hemos olvidado que estas colectividades dejaron de existir hace ya más de setenta años. Así, recordemos que el Partido Comunista gano dos bancas en el Parlamento del ´97, como Partido Blanco, la oligarquía existente en ese entonces -que es la misma de ahora- les hizo juicio y se los declaró inciertas.

¿Puede morir o resucitar un partido extinguido? ¿Es que en realidad estamos hablando del Partido Comunista como colectividad; o detrás de esta nominación existen otras estelas de significaciones paralelas y no especificadas cuando realizamos la referencia? Nos inclinamos pensar en la segunda de las opciones.

Detrás de la izquierda se han ido tejiendo una serie de referencias y especulaciones que no han hecho más que constituir uno de los mitos más interesantes de nuestra transición a la democracia. Otra muestra más del fin de la transición es que la izquierda participa como izquierda y una mujer aspiro ser Presidenta de la Republica.

Hoy se articulan dos caras de una misma moneda mitologizada y mistificada. Una cara nos muestra quienes ven en estos partidos de izquierda a los artífices de esta transición, -Tekojoja, p-más- los que ven en ellos a una generación que hizo de puente entre los socialdemócratas (Liberales, Democracia Cristiana, Encuentro Nacional) y la otra el mundo de la izquierda socialista, permitiendo la configuración de la propia Alianza Patriótica.

Las redes, las amistades, las experiencias de vida que muchos de estos dirigentes de partidos y movimientos que compartieron con el mundo socialista y con los Liberales, posibilitaba un flujo basado en la individualidades, en las confianzas que el propio sistema político desgajado y deslegitimado no poseía en momentos previos a su rearticulación pública de estos movimientos de izquierda.

Las legitimidades tuvieron que constituirse en redes de confiabilidad interna, subjetivas, cuando las estructuras institucionales no existían o carecían de la legitimidad básica como para avanzar en el proceso de transición.

Así, resultaba importante que cuando alguien quisiera hacer una llamada hubiera otro al lado del teléfono que quisiera contestar. Si dos mundos que se habían visto discursivamente como enemigos durante al menos 30 años debían comenzar a dialogar, podíamos partir con los amigos, con los que alguna vez conocimos, con los parientes, con los ex compañeros de aulas, con los colegas de trabajo.

Una vez fracasada la salida insurreccional en la medianía de la década de los 80, la vía negociada desde la política se transformó en hegemónica. La reconstrucción de la institucionalidad política en los años 80 partió desde la elite y, por ende, elitizadamente. Fin de la transición, la patria que debe venir.

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