Segunda Quincena de Agosto/2005

En Luque pensamos que lo imponderable es a veces, la excusa de muchos errores y la disculpa más tarde por nuestras opiniones. Por torpe o mala conducta estas se hallan en la boca del irreverente como un tápa-boca en lo imponderable que dice, le han mirado a menos.

Los Insuperables (I).

El destino se la tomo conmigo desde que nací.


Descansaba a la siesta tendido en la hamaca, bajo el mango y reflexionaba, mientras ocupaba mi fantasía no hace muchos 

días,   cuando recibí un sobre con una esquela adentro, del Sr. Dietrich von Raeche Pérez, esto me confirmó la idea 

sobre el particular,   que es tan oportuno el hacer artículos acerca de nuestras costumbres, que quiero trasladar íntegramente 

a los lectores de esta    columna.

 

La nota dice así:

Señor director.
Muy señor mío:


usted, señor observador de costumbres y cazador de historias, me dirijo a usted por dos razones. Primero, quejarme de mi mala suerte. Segundo, inquirir de su experiencia, pues le imagino a usted por sus escritos, a un hombre de esos que han vivido más de lo que le queda que por vivir, pues le contare que si hay efectivamente una fatalidad que me persigue, o una desgracia en el mundo que se asemeje a la desgracia mía.

Soy un verdadero afán de lo imponderable de mis padres, cuyo torrente uno no puede nunca resistir, lo cierto es que a mí no me envolvieron, como se envuelven los vientos arremolinados en una tarde de tormenta, soy un inexperto en todas las artes a más de incauto.

Mi padre era emigrante alemán que vino al Paraguay en el año 1920 y tenia dinero, resulta señor director, que como se hallaba aislado en este mundo, era naturalmente introvertido y taciturno, amigo del silencio, e incluso me atrevería a decir que era hipocondríaco, él solo tenía un amigo: no se con que intención este amigo le entrometió en una conspiración; confió a mi padre varios papeles importantes de la primera guerra mundial; él descubrió una conspiración, y los dos tuvieron que huir.

Mi padre se vino a Paraguay, redujo a oro lo que pudo de sus cuantiosos bienes; se estableció en Luque en Itapuamy, en ella vio a una guapa luqueñita, se enamoró de ella, se casó, y antes de que yo naciera el murió desconsolado, dando y tomando siempre la conspiración que le marco su vida, esto le hizo perder el juicio.

Piense usted en esto, señor Director; Dietrich von Raeche Peréz, su humilde servidor, cuyo destino debía de haber sido sin duda un alemán, protestante y rico, los imponderables del destino me hicieron así; soy argentino, -nacido en Clorinda- católico y pobre, sin que pudiese encontrar más causa de este destrueque que lo imponderable.

Ya usted ve que el destino se la tomo conmigo desde que nací. Mi madre era una mujer de raras amistades pero de ilustradas ideas, me crió lo mejor que pudo, y me dio toda la educación que se podía dar entonces en épocas de revoluciones, mis estudios primarios los curse en la escuela General Elizardo Aquino de Luque.

Los secundarios los curse en el Johann Wolfgang von Goethe de Asunción, recuerdo que tomaba el tren, único medio de transporte que teníamos en Luque, puesto que recién en el `65 se fundaba la primera línea de transporte de Luque la empresa "Vanguardia". Yo atravesaba desde la estación Parque Caballero hasta llegar al Goethe, es así como mi madre consumió el poco caudal que le dejara mi padre.

Lleno yo de entusiasmo por la magistratura, y aborreciendo la carrera militar a la que querían destinarme, estudié leyes en la universidad; pero le puedo asegurar a usted que, a pesar de eso hubiera salido buen abogado, pues era raro mi talento, sobre todo para ese estudio.

Probablemente, señor, después de haber sido un gran abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado sin duda una silla ministerial, mucho mejor que los de ahora. El Consejo de la Magistratura me hubiera acunado en su seno al fin, con la venia de los señores diputados, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama imperecedera, como lo han hecho ellos, los que están, con sus desatinos, porque muchas veces no han sabido interpretar ni siquiera nuestra Constitución Nacional. (sic)

Los imponderables de mi destino, sin embargo, me lo impidieron. Había un gobernante vitalicio en Paraguay, y fue preciso que éste pensara ser Presidente hasta morir, porque sus partidarios ya lo habían decidido.

Emplearon a toda su parentela en los mejores puestos. En Luque uno de ellos fue Intendente hasta que murió, eso paso para que yo no fuese ni buen abogado, ni mal ministro.

Yo tenía buenos sentimientos, era generoso; mis compañeros tomaron las armas y dejaron de estudiar, en la época de la revolución del `47, se unieron a ella para defender nuestras leyes, que era lo que más urgía.

¿Qué remedio? Mi madre me contaba, mientras yo andaba en esos menesteres que, en aquel entonces ella junto a otras amas de casa y adolescentes tuvieron la necesidad de esconderse en el sótano de un hotel acá en Luque, el "Hotel Iris" que fue el edificio más alto de la ciudad por muchas décadas.

Desde la azotea del hotel, se podía ver claramente cuando venían los revolucionarios, unas veces eran los del Partido Colorado y otras los Liberales, pero cuando se les veía venir las mujeres se escondían y mi madre junto a la hija de la dueña del hotel, se metían en el sótano que no se podía ver desde afuera.

Tengo que destacar señor que nunca le faltaron el respeto a nadie estos facinerosos, solo pedían algo de comer y luego seguían su camino, es por eso que dejé como el cura de la Iglesia los estudios y me metí a predicador; es decir, me hice militar en obsequio a mi patria.

 


Primera Quincena de septiembre/2006

Los Insuperables (II).

Yo no discuto con Dios, pero, ¿no me habrá tomado por otro?.


n la campaña perdí mi carrera, la paciencia y un ojo; y los imponderables me dejaron tuerto y capitán: sabe el cielo que para ninguna de estas dos cosas servía.

Yo, señor Director, era impetuoso y naturalmente inconstante; no servía, ni para casado, pues nunca pensé en serlo; pero en la toma de Luque, casi al final de la revolución del `47 murió mi madre, que teniendo muy buenas relaciones de familia por algún favor, pude adelantar mi carrera.

Otro favor que me hicieron los imponderables del destino. Me encontré solo en el mundo, con una mensualidad de veterano del `47 que hasta ahora percibo por haber peleado contra los Liberales y haber ayudado a descubrir a los conspiradores, los expulsábamos fuera del país.

Diez años más tarde me enteré de una carta confidencial enviada al presidente Higinio Morínigo el 16 de septiembre de 1947, por el entonces arzobispo de Asunción Juan Sinforiano Bogarín (1863 - 1949) protestando por las arbitrariedades cometidas por los "pynandi".

La carta decía: "...presentándose los "pynandi", señor Presidente, y so pretexto de buscar armas, registran las casas llevándose ropas, trajes, todos los utensilios de las casas incluyendo máquinas de coser y dinero, si lo encuentran; como si todo esto fuera objeto de guerra. Lo peor del caso es la violación de pobres mujeres, viejas, jóvenes, hasta criaturas menores".

Recordé a mi madre, lloré amargamente el no haber estado junto a ella cuando Luque fue asaltada por los "pynandi". ¡¡Y yo ufanándome por el dinero que me pagaban como héroe del ´47!! piense usted si no es esto una contorsión de mi destino.

Yo no discuto con Dios, pero creo que me tomo por otro. La reserva y la dignidad de carácter me sirven para engrandecer al hombre que soy, y, cuando un poco de talento lo pone al descubierto, le concedo una inusitada posición, le cuento esto porque no soy culpable de buscar la verdad, pero sí lo soy de afirmarla antes de haberla hallado.
 
 

Fue en aquellos años en que le conocí a ella, una luqueña del cuarto barrio de Luque, hija de  un diputado del Congreso, apiadándose  de mi, me recogió y ocultó en su casa, curo mis heridas, me salvó la vida por una rara combinación de circunstancias, me case de honrado y agradecido, mas no de enamorado: es decir, que me casaron los imponderables del destino.

Pero, como Lázaro, resucita en los momentos más inesperados y nos está anunciando, que de las grandes circunstancias no hay que olvidarse, aunque nos muestren grandes sobresaltos. Pensé que, esa gran circunstancia en este caso, podría ser, el divorcio que me ayudaría a generar prosperidad como trabajador libre de los temores de los imponderables.

En mi segunda carrera debiera haber llegado a General, según mis servicios, que a otros fajaron haciéndoselos muy flacos a la patria; pero siendo yerno de un diputado contrario al Gobierno: me quitaron las charreteras, y me envolví en la más común de las desgracias, y las circunstancias me llevaron a Peña Hermosa, adonde bien sabe Dios que yo no quería ir, menos por cuestiones políticas; allí, hice la vida de presidiario y de mal casado, que cualquiera de éstas dos horcas con una sola basta para acabar con un hombre.

Ya ve usted que yo no tenía la culpa. ¿Quién diablos me casó? ¿Quién me hizo militar? ¿Quién me pidió y dio opiniones? ¿Quien me hizo recordar los sucesos del ´47?  En el presidio no se hace carrera, pero se hace mucho rencor.

Sin embargo, salí del presidio, y como yo era hombre de bien me contuve; pretendí, no anduve por los copetines, ni argumente por los periódicos que exigían entonces los currículos para trabajar, no sólo no me emplearon, sino que me cantaron las cuarenta, eran todos oficialistas, partidarios del Gobierno, a los opositores los habían clausurado.

Nada sucedió al azar. Ese dolor y sufrimiento inflingidos a mí y a esa gente no fue casual, usted lo sabe, y sabe por que se lo digo, ni tampoco los hechos eran aislados solo que obedecían a la conducta desbocada de algunos adherentes acalorados al régimen que nos gobernaba.
 

La parálisis ética en sus relaciones con la política y el poder estaba ya instalada en la idea misma de lo que se quería lograr; estaba en lo que pudiera llamarse su proyecto o modelo, era justamente donde morían mis imponderables.

Una parálisis asumida solapada y cínicamente, como quizá no podía ser menos. Sin embargo, en ocasiones se cuelan voces que saliendo de esas pías intenciones ponen las cosas donde corresponden, y esa hidalguía u honestidad hay que agradecerla, aunque a mí, y al dueño del diario clausurado, nunca agradecerán.

Siempre que veo una mascara sobre un rostro, siento el impulso de querer arrancarla. Veo con que hipocresía se presentan al pueblo; pero son temerosos de verme en el trance de desmentirles. Se presentan como personas honestas y tienen razón de serlo, porque sus abuelos y sus padres ya robaron antes, por ellos.

 


Segunda Quincena de septiembre/2006

No pude vivir en mi patria sin trabajar, por ser contrario, no encontraba trabajo, las circunstancias me ponían en jaque otra vez, y me fui a la Argentina, donde me pusieron a trabajar en un depósito, con dos comidas al día. Pero, ¡ay!, señor Director, ya no nací alemán, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero, y estoy viejo.

Los Insuperables (III).

Ya no nací alemán, ya no tengo madre ni mujer.


Son los imponderables que se pasan inadvertidos pero suceden, fueron años de pasar en vano fue en esa mismísima y mediática y oficialista prensa la que ratificaba estos hechos junto a mi.

Un amigo me decía; "Dios no juega a los dados" pero todo demuestra que Dios es un jugador inveterado y que lanza los dados en cada ocasión posible para que nosotros juguemos.

No pues, señor Director. No pueden ahora simplemente reconocer, que en verdad aquella tragedia sucedida tuvo que ver con la defensa de intereses de clase, de poder, primero que nada económicos, pero también políticos e ideológicos, o de sectores cooptados por la retórica.

Estoy irritado; el cielo es testigo que yo no había nacido para periodista ni para soportar estas ni aquellas cosas; pero las circunstancias me pusieron la tecla en la mano: hice artículos contra aquella dictadura que gobernó al Paraguay por 35 años; y como entonces uno era libre para pensar, más no de actuar como el que estaba encima.

Los obispos del Paraguay se reunieron con el dictador Stroessner, el 7 y el 22 de abril de 1970. Fue entonces que el presidente de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), Mons. Ramón Bogarín, pidió libertad de prensa, el retorno de los sacerdotes expulsados, cese de la persecución a los líderes cristianos y campesinos, y el retorno de los deportados entre ellos; Jerónimo Irala Burgos, Jorge Escobar, Alejandro Encina Marín, José María Bonín y un servidor Dietrich von Raeche Pérez.

El nombre de Mons. Ramón Bogarín salta a la luz pública, nombrado obispo de la diócesis de San Juan Bautista, Misiones. Fue uno de los grandes organizadores de las Ligas Agrarias, reprimidas violentamente por la dictadura, donde hubo desaparecidos, familias destrozadas. El Monseñor murió durante la represión de infarto masivo al tomar conocimiento de estos actos el 3 de septiembre de 1976.

Yo recibí varias estocadas de unos cuantos aficionados, que por ser aficionados no me mataron. Andaban golpeando a los campesinos, golpeaban todo cuanto les parecía raro.

Ésta fue la corona de laurel que le dieron los imponderables del destino a mi carrera literaria. Escape, y fui a reunirme con los de la fe; me dijeron allí que las circunstancias no permitían admitir en las filas a un hombre que había sido el marido de la hija de un diputado opositor en el Congreso, y no me "piletearon"(*), no lo hicieron, por hacerme un favor.

No pude vivir en mi patria sin trabajar, por no encontrar trabajo, los imponderables me ponían en jaque otra vez, y me fui a la Argentina, donde me pusieron a trabajar en un depósito, con dos comidas al día.

Supe, estando en el exilio de Mons. Ismael Rolón, quien había asumido el 19 de julio de 1970 como arzobispo de Asunción. Nunca quiso participar ni formar parte del Consejo de Estado, para evitar que la Iglesia fuera utilizada por la dictadura. La postura del religioso tomo fuerzas y quince años más tarde, con la marcha del silencio generó airadas protestas de los seccionaleros colorados todos instrumentalizados por el Gobierno.

2 y 3 de febrero del ´89 por fin la libertad, señor Director. ¡¡Eh!! Gracias a un General, ya no hay colores, ya no hay partidos. Le digo con descortés franqueza, que se tiene la sensación de haber cambiado a una patota de criminales por una patota de sinvergüenzas, pero son estos los imponderables del destino los que me tienen sin trabajar.

Con estos cambios del 2 y 3 de febrero de 1989, Mons. Rolón Arzobispo de Asunción reclamó hombres nuevos para el Paraguay y clasificó en tres categorías al paraguayo.

A los primeros los llamo los hombres nuevos, a los segundos, los adormecidos en la mediocridad...los escombros, a las tercera categoría, los recuperables, los ingueroviables*

Con estos cambios ahora no me emplearán, digo yo para mí; tengo talento; mis luces son conocidas, soy útil... Pero, ¡ay!, señor Director, ya no nací alemán, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero, ya no tengo amigos; los imponderables del destino me hicieron viejo, esta situación en mi vida me han impedido adquirir relaciones. Soy de aquellos en quienes nada de decencia, de credibilidad y de honor ha quedado en su haber de persona y ciudadano.

Si llegara a hacerme visible a través de algún medio para el mundo, si usted me diera trabajo acaso lo lograría: sus intenciones son las mejores del mundo; más ¿cómo abrirme paso por entre la nube de porteros y ujieres que se parapetan y defienden la llegada a los destinos?

Las solicitudes que se presentan solas son papeles mojados. ¡Hay tantos que piden por pedir! ¡Hay tantos que niegan por negar! Cien currículos he dado, otras tantas espaldas he visto. - Deje usted; veremos si en estos meritos se fijan, me dicen los pocos amigos que me quedan.

-Espere usted, me responden los otros: hay tantos pretendientes en estos tiempos. - Pero, señor, replico yo también, es preciso vivir en este tiempo, también. ¿Y no hay imponderables para los que lo logran?. Piense usted, hoy, los que fungen de ser hombres honestos se dan el lujo de serlo, por lo heredado por sus padres.

Ésta es, señor Director, mi posición: o yo no entiendo los imponderables de mi vida, o soy el hombre más desdichado del mundo.

El hijo del alemán, el que debía haber sido alemán, rico, magistrado, literato, general, hombre ajeno de opiniones, acabará probablemente sus tres carreras distintas en un solo hospital siquiátrico, a merced de los imponderables de mi destino en este caso; al mismo tiempo que otros que no nacieron para nada, y que han tenido realmente todas las opiniones posibles, se pasean por este cielo de Luque y Paraguay a sus anchas, correteando y luciéndose con sus bienes mal habidos, estos anduvieron, andan y andarán siempre alzados en camionetas 4x4 por esos mismos imponderables, y hasta ocupando cargos públicos importantes.

                  Me despido de usted Atte. y sin otro particular, señor Director. 

                                               Dietrich von Raeche Peréz, o el hombre de los imponderables del destino.

 

(*) "piletearon" acción de meter al torturado en una pileta con excrementos humanos, cosa que ocurría durante la dictadura.
(*) "Los ingueroviables", nombre dado por Monseñor Ismael Rolón, a su columna en el diario ABC color, y que comenzó a escribir el 11 de abril de 1989.


Primera Quincena de Octubre/2006

Los Insuperables (IV).

Nota de la Redacción.


o puedo menos que contestar al señor Dietrich von Raeche Pérez que sufrió en su vida, si vamos a hablar vulgarmente, el haber nacido desgraciado, mal que no tiene remedio; si hemos de razonar, en traer siempre, como en geometría se dice son las barras paralelas, que en este caso serian los imponderables del destino, que viajan junto a nosotros y pareciera que se juntan en el infinito.

Otro ejemplo que le puedo dar es que, cuando usted progresa, también progresa la envidia de nuestros semejantes, estas son las otras paralelas que viajan junto a nosotros y no las vemos, es por eso que la gente de bien hace torneos deportivos, donaciones importantes a la Iglesia.

Se entero usted que la Gobernación de Central dio una importante donación a la Iglesia Católica en nombre de los pobres para construir un escenario en la plazoleta de la Iglesia de Luque, este, que fue un espacio público, hoy Santuario y privado, ya no pertenece a todos.  Pareciera que todo esta bien, pero no es así, fíjese usted que el dinero que maneja  la Gobernación pertenece a "moros y cristianos" o sea, a todos, y se nos quiere hacer creer que tienen buen corazón.  Además, dudo que en el futuro un grupo roquero o de reggeaton con ideas propias pueda algún día actuar en ese escenario.

El no saber que mientras haya hombres, habrá imponderables y su verdadero imponderable del destino será intrigar; estar bien emparentado; lucir más de lo que se tiene; mentir más de lo que se sabe; calumniar al que no puede responder; abusar de la buena fe, escribir en favor, y no en contra del que manda, que es el dueño del poder; tener una opinión muy marcada, aunque por dentro se desprecien todas, procurando que esa opinión que se tenga sea siempre la que haya de vencer, y vociferarla en tiempo y lugares oportunos; conocer a los hombres; mirarlos de puertas adentro como instrumentos, y tratarlos como amigos; cultivar la amistad de las bellas, como terreno productivo; casarse a tiempo, y no por honradez, gratitud ni otras ilusiones; no enamorarse sino de dientes afuera, y eso de las cosas que puedan servir...

Pero, Santo Dios, gritará un rígido moralista. ¡Qué nivel! ¡Qué desatino! ¡Maquiavélicos principios!... - La dirección no dice que sean buenos, señor moralista; pero tampoco el director hizo el mundo como es, ni lo ha de enmendar, ni hará variar el corazón humano, ni alcanzarán todas las sentencias posibles.

Los imponderables del destino hace a los hombres hábiles a lo que ellos quieren ser, y pueden con los hombres débiles; los hombres fuertes las hacen a su placer, o tomándolas como vienen, las saben convertir en su provecho.

En este viaje ultraterreno, en donde nuestra selva indómita, nuestro Chaco, símbolo de nuestra historia patria y también de nuestra vida pecaminosa, se promueve la visión de un Dios que mueve el universo entero con su amor, nosotros somos actores y autores a un tiempo.

Como protagonista del poema que encarna las vicisitudes de la humanidad pecadora, que debe redimirse con el esfuerzo; como poetas participamos con apasionada conciencia del destino de los protagonistas, angustiados por las miserias de quien no tiene para comer y lo hace de un basurero, porque ese es su diario vivir en Luque.

En épocas difíciles nacía la guarania, me remito a esta, escrita por Atahualpa Yupanqui (argentino) y Herminio Giménez,  paraguayo desterrado de su patria por pensar diferente. Ellos en memoria de nuestro gran arpista Félix Pérez Cardozo, escribieron la guarania "Canción del arpa dormida" como un homenaje póstumo a él y dice;

"Acunando un sueño se nos va la vida/ y el viajero parte, para no volver/ hoy el arpa india se quedo dormida/ como una guarania que no pudo ser".

"La misma esperanza y el mismo camino/ los mismos cantares bajo el cielo azul/ por eso te canto con voz de guarania/ por la vidalita que cantaste tú".

Usted y sus vivencias son como estas, como lo fueron para el peregrino que acunaba un sueño, don Herminio Giménez, toda su vida espero una patria floreciente, y para ello necesitó mucha fuerza de ánimo, y grandeza de alma, pues lo cierto es que ese ideal de patria le consumió toda su vida y no alcanzó a ver siquiera la tierra prometida.

Pasaron noches dé plenilunio junto a nostálgicas guaranias, José Asunción Flores, Herminio Giménez (*), Félix Pérez Cardozo, Atahualpa Yupanqui, son compañeros valiosos y guías iluminados, de nuestro pasado reciente, símbolos de la razón y la fe respectivamente, para que cada paraguayo piense que "Nunca mucho costo poco".

Los logros importantes de la vida se consiguen a largo plazo, tras cien mil fracasos y un millón de esfuerzos monótonos, fatigosos y rutinarios. ¿Y quién le dijo que le costaría poco?.

¿Qué son por consiguiente los imponderables del destino? Lo mismo que la fortuna: palabras vacías de sentido con que trata el hombre de descargar en seres ideales la responsabilidad de sus desatinos; la mayoría de las veces, nada. Casi siempre el talento es todo, como nos enseñaran nuestros mayores.

Fíjese usted que, Esopo relataba a sus discípulos la siguiente fábula; Estaba una zorra hambrienta, y al ver colgando de una parralera unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su hocico. Mas no pudiendo alcanzarlos, se alejó diciéndose:
-- ¡Nunca me gustaron, la uvas, están tan verdes... !
No quiso aceptar sus propias limitaciones.
Y Esopo nos da esta moraleja; "Nunca traslades la culpa a los demás de lo que hiciste, o no fuiste capaz de alcanzar".

                                                    Atte.

                                                                                              El Director

 


Del libro: Ciudad de Luque...la aldea global ha llegado. (Tomo II) D. A. Nº 11.249.-

(*) Foto: La foto que aparece en este capitulo, pertenece a don Herminio Giménez, casi al final de su vida. 

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