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Segunda Quincena de diciembre/2006

"Aseamos el patio de la casa, pusimos el arbolito de Navidad con las luces, nos esmeramos en pasar la Navidad recordando al niño Dios. Jesús se va a quedar ahí para siempre si uno quiere. Cuando somos niños la Navidad nos cambia la vida, adiós colegio, el levantarse temprano, de pronto aparece Papá Noel. Porque,  cuando somos niños es que esperamos un regalo... lo que sea. Esa Navidad nuestro regalo fue el par de pavos que siguieron junto a nosotros por cinco años. ..."y estaba feliz, pensaba en cuántas cosas iba a hacer con eso. Es que más que un regalo en sí lo que importó fue la dedicación de mi madre, que fue ella la que hizo algo más por ellos".

Las venturas y desventuras de un par de héroes.

Los pavos de la cena de navidad.


i familia en Laurelty Luque, en los limites con San Lorenzo, tiene una pequeña propiedad que da con unas tierras húmedas propias de ese lugar de Luque. Los diez hijos -mis hermanos- continúan por tres generaciones trabajando en la parcela, por lo que se comprende que nuestra observación además de afirmar lo que decíamos les causó eternamente dolores de cabeza.

El otoño pasado, la dueña de casa, -mi mamá-, fue a comprar un par de pavos con el propósito de engordarlos para la cena de Navidad.

-Lo siento, señora; ya no me quedan pavos vivos -sé disculpó el vendedor de la avícola-. Sólo tengo dos a medio morir, y no creo que amanezcan.

Como mi mamá insistiera en verlos, el vendedor la llevó al lugar donde se encontraban los polluelos. Sobre el piso de tierra habían dos montones de plumas sucias y mal olientes, sobre esas plumas los polluelos, tan débiles estaban que ni siquiera conseguían sostener el pescuezo erguido. Tenían cerrados los ojos.

-Pensaba enterrarlos mañana -dijo el comerciante-, así que, si quiere, se los regalo.

Cuando mamá entró a casa con el par de animalejos, mi padre le dijo casi gritando:

-¡Juro hacerme vegetariano!-

Mamá no le hizo caso, como de costumbre. Llenó de agua caliente una palangana que teníamos en la cocina, metió en ella los pavos mientras preparaba una pasta a base de pan duro, leche y caña paraguaya. Entre tanto, nosotros la observábamos asombrados.

Luego les forzó a abrir el pico para introducirles la masa a cucharadas, y de rato en rato interrumpía la operación para cambiar el agua, hasta que esta quedó bastante limpia. Era ya tarde cuando mamá terminó, de manera que cenamos cualquier cosa y fuimos a dormir.
A media noche nos despertaron unos gritos.

-¡Los pavos! ¡Los pavos! -decía mi madre, llena de alegría-. Y ahí estaban los plumiferos, de pie y con la cabeza bien alta. Uno de ellos hasta cantaba, aunque débilmente. Mamá no cabía en sí de contenta:

-¡Ahora que las plumas respiran, tendremos un buen par de pavos!

Nosotros nunca habíamos oído hablar de que las plumas respiraban; pero aquello era tan insólito que sólo atinamos a repetir:

-¡Las plumas respiran!

A la mañana siguiente papá hizo notar que si íbamos a alimentar a los pavos con caña paraguaya, terminaríamos gastando más de lo que habíamos pagado por ellos.

-¡Pero si no nos costaron nada! -le recordó mamá amablemente mientras depositaba otra cucharada en el pico de uno de los animales-. Cuando sea conveniente, les daré comida para pollos; no antes.

-Está bien, mujer. Al final discutir con una mujer siempre se tienen dos opciones; o pierdes o empatas, siempre tienen la razón, refunfuñó mi padre.

Bautizamos al macho "Aka mango" porque se parecía a un vecino; y a la hembra le pusimos "Pancha" porque se parecía a la otra vecina. Nos seguían adondequiera que íbamos. Si era a la escuela, al llegar a la vía del tren les ordenábamos a coro: "¡"Aka mango" "Pancha", a casa!" Y los pavos, sumisos, obedientes, daban media vuelta y regresaban meneando sus plumas y sin dejar de cantar, como si fuesen dos alegres comadres a la vuelta del mercado.

Era costumbre en aquellos días jugar con los pavos, ese era un lugar maravilloso para jugar. Una tarde jugando plácidamente entre los charcos haciendo bodoques y tortas de barro en compañía de "Aka mango" y de "Pancha", las horas pasaron volando. De repente, las dos aves comenzaron a alborotarse alarmadas. Aleteaban y corrían de un lado a otro; luego enfilaron como locas hacia la altura. Nosotros, asustados sin saber por qué, salimos corriendo detrás de ellas. En menos de un minuto, llegó el torrente de agua.

Alguien comentó que merecían una medalla por su valor, así que les pintamos sendas cruces en el abanico de sus plumas. A todo esto, llegó la época de Navidad. Ya habíamos olvidado por completo el destino final de nuestros compañeros de juegos. Pero había alguien que no lo olvidaba y había estado observando a nuestros pavos.

Cierta noche escuchamos un alboroto terrible en el galpón. Mamá nos ordenó permanecer en nuestras camas, bajó de prisa las escaleras y se encontró con un tipo que, tirado en el suelo, gemía de dolor y renegaba:

-¡Malditos pavos!

Había ido a robarlos. Logró dominar a "Pancha" e incluso la metió en una bolsa; pero "Aka mango" se interpuso en su camino y lo hizo resbalar. En la caída se fracturó la pierna. Cuando el policía del lugar (en esa época era de la guardia urbana, un pyrague) vino a arrestar al malhechor, otorgamos a "Aka mango" su segunda medalla.

Todos eludíamos el tema de la cena navideña, que normalmente acaparaba en esos días la atención general. Mamá rompió el silencio.

-Los venderemos y con el dinero compraremos un asado.

Al ver que mi padre, sin decir una palabra, que metía los pavos en unas bolsas, nos echamos a llorar amargamente y sacamos a colación, con lujo de detalles, las proezas de "Aka mango" y "Pancha". ¿Seríamos capaces de asesinar a dos héroes?

Una vez más, mi madre resolvió el problema:
-Comeremos pollo. Ya veremos después qué se hace con los pavos.

En Nochebuena, a falta de dinero para comprar los juguetes, recibimos algo mucho más valioso: "Aka mango" "Pancha" los instalamos en un lugar cerca del pesebre, bajo el mango. Sus plumas adornaron como un pesebre viviente nuestro árbol de Navidad.

Esa Navidad nuestro regalo fueron el par de pavos que siguieron junto a nosotros por cinco años más. ..."y estaba feliz, pensaba en cuántas cosas iba a hacer con eso. Es que más que un regalo en sí lo que importó fue la dedicación de mi madre, que fue ella la que hizo algo más por ellos". Amamos porque el amor es la única aventura real.

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